En la mentalidad antigua, la presencia de lo divino es constante,
cada decisión de la vida diaria y hasta cada gesto están sometidos
a la mirada de los dioses. Tampoco es de extrañar que todo propietario
trate de convertir su morada en un santuario que es a la vez un
museo. Así se rodea de estatuas de dioses, pide que se pinten
frescos a su imagen sobre los muros e incluso realiza esta extraña
paradoja, la instalación del mosaico de pavimento, en el que fija
a sus pies, en la piedra o el mármol, los rasgos de sus dioses.
Todo ese decorado cuenta las leyendas y emplea una cultura que
a menudo nos parece demasiado erudita como para ser el reflejo
de un sentimiento religioso profundo. Si bien es evidente la voluntad
de algunos ricos propietarios de villas de mostrar que pertenecen
a una elite culta que estudió los poetas griegos y latinos
desde la escuela, esta vanidad no basta para explicar la abundancia
de motivos mitológicos en el repertorio del mosaico. Su presencia
también se puede interpretar como la expresión de una nostalgia,
la de un tiempo mítico en el que los dioses vivían en medio de
los hombres interviniendo en su existencia y compartiendo sus
pasiones. Júpiter
raptaba a Europa, las ninfas seducían a los mortales, Baco
recorría el mundo en su carro triunfal y Neptuno deslumbraba con
su presencia en el mundo de las aguas. Por lo tanto, el mosaico
también buscaba recrear una vida que reflejara los colores de
la leyenda en el ambiente íntimo de la morada. Era tanta la poesía
que se desprendía de esas historias extrañas que se las representaba
para revivirlas en un espectáculo animado. De esta forma, la
fábula de Orfeo, tema recurrente en los mosaicos, se mimaba
en los jardines en los que un cantante, vestido al estilo oriental,
se hacía seguir por animales, exóticos y domesticados, al sonido
de su lira.
En el teatro, se actuaba el «triunfo de Baco en la India»; en
las naumaquias, Venus marina aparecía rodeada por los centauros
del mar.
El uso de temas mitológicos o heroicos en el mosaico, que hoy
pudieran parecer convencionales o marcados de una frialdad libresca
es, por el contrario, la expresión de una vida intensa y el reflejo
de una cultura compartida.