En primer lugar, los jardines que corresponden a una visión de
la naturaleza revisitada y corregida por una cultura.
La naturaleza y los jardines ocupan un puesto primordial en el
decorado del mosaico ya que, para el hombre antiguo, el espectáculo
de las realidades naturales siempre ha sido no sólo una fuente
de especulaciones filosóficas sobre el paso del tiempo o la renovación
de la vegetación, sino también de deleite personal. El estilo
de vida de los pueblos de ambas orillas del Mediterráneo se caracteriza
por un permanente deseo de estar en contacto con la naturaleza,
cuya presencia siempre se vincula al agua. La evolución de la
casa romana muestra que ésta se abre cada vez más a la luz y que
siempre cuenta con las aguas de estanques y fuentes y con las
plantas que decoran patios y jardines de interior. El gusto de
los romanos por los jardines proviene del recuerdo de palacios
de los príncipes helenísticos del Oriente griego y, sobre todo
del paisaje lujoso de los parques reales, pero también se puede
adivinar el gran amor del alma romana por la reproducción de las
plantas, el verdor de la vegetación y las frutas como tema de
pintura o mosaico.
Se sabe, por ejemplo, que a los propietarios de grandes casas
les gustaba que sus invitados cenaran en piezas frescas en las
que se conservaban frutas y legumbres. El escritor Varron señala
que el espectáculo de las producciones de la tierra que los rodeaba
era, en sí mismo, un tema de deleite y que las hileras de frutas
dispuestas alrededor de los comensales se apreciaban como verdaderas
obras de arte. Habría que preguntarse si este no es el origen
de los bodegones.