El destino de Tina Modotti aparece plenamente integrado a aquel período sombrío constituído por las cuatro primeras décadas del siglo XX. Su infancia nos recuerda que la “Belle époque” no cumplió las promesas de su nombre con todos los estratos de la población europea. En el seno de una familia pobre de Friul, Tina conoce por primera vez las dificultades de la vida: la imposibilidad de estudiar como cualquier otra niña, el trabajo precoz en la industria textil, y la emigración a Austria, y luego a los Estados Unidos, donde se reúne con sus padres en 1913.
Casada con un pintor y poeta canadiense, vive en Los Angeles dentro un círculo de artistas e intelectuales dominado por la personalidad del fotógrafo Edward Weston. A partir de 1920, comienza una breve carrera en el cine -la nueva aventura artística del siglo XX- trabajando como actriz en tres películas de Hollywood.
Al morir su esposo, viaja con Weston a México, donde reside de 1923 a 1930. Se trata de una época particularmente efervescente ya que, acabada la Revolución, el poder central trataba de construir un Estado sólido y respetado, en un contexto marcado por continuas tensiones, rebeliones militares y sangrientas luchas religiosas, entre la resistencia de las antiguas clases dirigentes y la oposición de un partido comunista vinculado al régimen soviético. Sin embargo, también es una época intensa desde el punto de vista cultural: los pintores muralistas, con obras que suelen ser agresivas aunque originales, contribuyen a la formación del imaginario del nuevo país que nace con la Revolución. Tina, a quien Weston transmite sus conocimientos y su pasión por la fotografía, vive en este contexto efervescente que le brinda a México una modernidad propia. Entre sus amigos se encuentran Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Jean Charlot, y conoce a Vladimir Maiakovsky y a Frida Kahlo. Trabaja con Weston, adquiere un estilo propio, expone sus obras y se hace conocida, aunque se va dejando seducir al mismo tiempo por un compromiso político de extrema izquierda.
Con el regreso de Weston a los Estados Unidos a fines de 1926, la vida de Tina experimenta una evolución. Se involucra sentimentalmente con Xavier Guerrero, pintor muralista y militante bastante ortodoxo del Partido Comunista mexicano, que viaja a la URSS en 1928. Se enamora luego de otro revolucionario, Julio Antonio Mella, un exiliado cubano que muere asesinado por órdenes de la dictadura de La Habana mientras caminaba con Tina, en plena calle, a principios de 1929.
Por último, el gobierno mexicano decide su suerte al expulsarla del país en 1930, en compañía de Vittorio Vidali, un agente italiano del Kommintern. A raíz de esta expulsión, Tina no vuelve a Italia, su país natal, sino a la Europa desgarrada de los años treinta. En 1930, hace una escala en Berlín, para instalarse luego en Moscú, donde trabaja para el Socorro Rojo, organismo que brindaba asistencia a los comunistas perseguidos. Como miembro del mismo, viaja a París en 1933. En julio de 1936, estalla la guerra civil española, una especie de ensayo general de la Segunda Guerra Mundial, y Tina empieza de inmediato a trabajar con los republicanos viendo asuntos de salud y asistencia.
En la primavera de 1939, después de la victoria de Franco, Tina viaja a Francia, pensando volver a la URSS, para partir luego con Vidali a los Estados Unidos. Sin embargo, al no contar con el permiso de residencia, la pareja vuelve a México. En 1942, su muerte en un taxi, de un ataque cardiaco, pone punto final con un halo de misterio a una vida fuera de lo común.
Su biografía combina varios aspectos fundamentales de la historia política, social y cultural de las primeras décadas del siglo XX: la emigración a América, huyendo de la pobreza; los inicios del cine en los Estados Unidos; el desarrollo de una nueva cultura en un México postrevolucionario que trata a duras penas de salir de una fase caótica; la lucha de influencias entre el nacionalismo y el comunismo; el problema de los artistas comprometidos, el conflicto entre las ambiciones totalitarias del stalinismo y el fascismo, cuyo trágico ejemplo es la guerra civil española; y la segunda emigración hacia América, que surge como el único refugio posible para seres libres que no logran hallar su lugar en Europa.
La vida agitada y apasionada de Tina Modotti no puede deslindarse de esta crónica sombría que la arrastró hacia violentos remolinos. El milagro es que haya podido encontrar un espacio para realizar una obra artística que, en apenas 7 años, entró a la historia de la fotografía. Se inició en ese arte con un solo maestro, a quien quiso y admiró, y que ya era célebre cuando se conocieron. Pese a ello, Weston le permitió encontrar un estilo y un campo propios.
Su brillante carrera, aunque breve, se desarrolla al interior del grupo que domina la vida artística del México de los años veinte, al que se ha convenido situar bajo el signo del muralismo. Son artistas que creen tener una misión política: dar al pueblo mexicano –que se supone ha tomado las riendas de su destino después de la Revolución- una visión muy ideológica y, a veces caricaturesca, de la historia, concebida como la base de la identidad nacional. Tina le sirve de modelo a Diego Rivera para representar la Tierra en el ciclo decorativo de la Escuela Nacional de Agricultura de Chapingo. Rivera, al igual que Charlot, hace un retrato de ella y Siqueiros presenta varias de sus exposiciones. Tina forma parte de aquel gran momento de la historia del arte moderno mexicano, pero no alcanza la plenitud con el papel que cumple en dicha aventura estético-poética. Duda de sí misma, de su talento y de su vocación, pero duda, ante todo, de la legitimidad de su actividad como artista y de la compatibilidad de la misma con su compromiso político. En una carta dirigida a Weston el 7 de julio de 1925, se le siente dividida entre “el arte y la vida”. Tina asume seriamente dicha antítesis, que podría pasar como una fórmula banal, hasta el momento en que opta definitivamente por “la vida”, o lo que ella cree que es la vida, en 1930. Mientras que, a fines de 1929 y sin duda por oportunismo, Diego Rivera decide abandonar el partido comunista cuando el gobierno mexicano rompe relaciones con el mismo y lo considera como parte de la oposición, Tina sigue fiel a su línea de conducta y se compromete cada vez más con las actividades partidarias. Su expulsión de México en 1930 es el resultado de dicha elección y marca, al mismo tiempo, el fin de su carrera como fotógrafa, carrera que apenas piensa retomar en aquella Europa siniestra de los años treinta, aunque llegue a publicar algunas fotos en la prensa roja de Berlín y en una revista de la España republicana.
Para apreciar el arte de Tina Modotti, debemos recordar que no pasó por ninguna escuela y que debe toda su formación a Edward Weston, que siempre subrayó en sus fotografías los valores formales que impregnan todas sus obras. Tina logró adquirir rápidamente un lenguaje propio, sin duda porque se dejó seducir muy pronto por un ideal político que fue ajeno a Weston y que le impidió caer en un culto exclusivo a la forma. De hecho, puede que la tensión entre la ideología comunista -a la que llegó a través de su experiencia de pobreza y emigración- y el respeto a las limitaciones constructivas refleje mejor las tendencias contradictorias de su arte. En su obra, encontramos composiciones “elementales” que se sitúan en los límites de la abstracción (vistas de detalles arquitectónicos, vasos colocados sobre una mesa, muro de cañas). Sus escenas de la calle reflejan, a menudo, la misma tendencia al formalismo y ello resulta aún más patente en las imágenes de temas que provienen de un entorno técnico: una maraña de cables o un depósito de planchas metálicas remachadas que dejan entrever un universo industrial, cercano a ciertos aspectos del futurismo. Las fotografías de individuos, solos o en grupo, muestran su sensibilidad por los problemas sociales del México de los años veinte: la pobreza, la miseria, el trabajo duro, composiciones extremadamente sobrías, sombreros, una hoz y un martillo, que evocan los atributos de la “mexicanidad” y la Revolución. También vemos a indias, en el trazado geométrico de sus velos negros, que se asemejan a las mujeres de luto por Cristo en los frescos de Giotto, y aquella mujer de Tehuantepec que parece salida de las reflexiones matemáticas de Piero della Francesa por el magistral juego de curvas del rostro, del pecho y de la cesta que lleva en la cabeza.
Se entiende así que Tina, al llegar a Alemania en 1931, no retome la fotografía: en los círculos que frecuenta dentro del movimiento obrero marxista, se practica una fotografía de tipo documental y realista y un periodismo gráfico que rompen por completo con los principios que había heredado de Weston y que no son compatibles con su temperamento, que sigue impregnado de la gran tradición artística italiana. El activismo humanitario al que se dedica durante la guerra civil española la aleja de manera definitiva de una vocación por la fotografía que no sobrevivirá a su partida de México. La Europa agitada de los años treinta es la negación del frágil compromiso entre la ambición estética y el ideal político que alcanzó pleno desarrollo durante 7 años de vida en México.
Édouard Pommier