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Ouro Preto
Un viaje a la capital del barroco tropical

 
 

Angelo Oswaldo de Araújo Santos
Secretario de Cultura del Estado de Minas Gerais
Ex alcalde de Ouro Preto

Auguste Saint-Hilaire, científico que llegó a Sudamérica en 1816 en busca de los misterios y secretos de la naturaleza, fue quizá uno de los primeros franceses en reconocer lo que sus compatriotas no dejan de afirmar hoy en día: que Ouro Preto es una hermosa ciudad y que visitarla es un placer. Desde aquel primer encuentro, cuando el curioso y paciente naturalista logró atravesar Minas Gerais (cuya extensión es similar a la de Francia continental), se han producido otros, igual de significativos para la historia de la cultura. Entre ellos, la creación de la Escuela de Minería de Ouro Preto en 1876 por el ingeniero Claude-Henri Gorceix, invitado por el emperador Pedro II; o un día de abril de 1924, cuando el poeta Blaise Cendrars, atraído por los jóvenes modernistas de São Paulo, contempló maravillado las colinas que dibujan el valle de la antigua capital colonial.

Recuerdo, como si fuera ayer, la última visita de Germain Bazin a Ouro Preto en 1989, y recuerdo también que imaginé entonces cómo habría sido el día en que aquel historiador del barroco llegó por primera vez a la ciudad de Aleijadinho, tras cinco horas de viaje por un camino polvoriento, recién acabada la guerra. Ese mismo año, poco antes de morir, Bazin confesaba su admiración por aquel genio mulato y tullido que haría posible, por última vez, la aparición de Dios en el arte de Occidente.

La exposición sobre el barroco brasileño en el Petit Palais, organizada por la Unión Latina y el Ayuntamiento de París en 1999/2000, fue una oportunidad extraordinaria para que, en el umbral del nuevo siglo, miles de personas pudieran descubrir Ouro Preto, personas que quizá algún día vengan a experimentar plenamente esa sensación única.  De todos los tesoros de Brasil que fueron expuestos en aquella ocasión, el arte de Minas Gerais supo brillar con luz propia.

Un sueño barroco, inolvidable y conmovedor, nos incita a viajar...aunque no nos lleve muy lejos. Esa es la razón por la cual la Unión Latina quiere ofrecerles aquí un panorama de Ouro Preto, a través de las fotografías de Ferrante Ferranti, especialista en el barroco brasileño, cuyas obras maestras ha sabido plasmar en varias series de extraordinaria calidad. 

Dejémonos llevar por cada una de sus fotografías y recorramos aquel laberinto mágico. Ouro Preto, villa real de los albores de la fiebre del oro brasileño, es la ciudad de Aleijadinho, brillante arquitecto y escultor del que nos hablará Edouard Pommier, asesor de la Unión Latina e inspector de los Museos de Francia.

Fiel -como por encanto- al siglo de oro, Ouro Preto merece un paciente reconocimiento. Al ser una ciudad en constante (y, a veces, demasiado) movimiento, la vida que ofrece es intensa, aunque animada, dinámica y auténtica. Universitarios, artistas y turistas de origen variopinto le dan un encantador y permanente aspecto festivo.  Con sus iglesias, viejos puentes de piedra labrada, ricas residencias, atrios y pendientes, museos, el teatro, la gran plaza y sus palacios, Ouro Preto nos embruja, seduciéndonos con historias sin fin sobre la fiebre del oro.

Monumento nacional desde 1933, Ouro Preto fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1980. Apreciarlo en las fotografías de un artista como Ferrante Ferranti es casi llegar al corazón de una ciudad poblada de monumentos, ciudad que constituye, en sí misma, un monumento de la creación urbana. En el pasado, se denominaba oro negro al oro cubierto de una capa de paladio. Hoy en día, bajo una capa de poesía, Ouro Preto sigue siendo la obra maestra de Brasil.

Fotografías de Ferrante Ferranti
Textos de Édouard Pommier.